La práctica sin hacedor
Lo que la mecánica cuántica, la teoría del caos y las tradiciones contemplativas tienen en común es algo incómodo: no hay quien haga. Solo hay hacer ocurriendo.
Antes de entrar al tema, conviene poner una base. Porque lo que sigue solo tiene sentido si se acepta cierto marco, y ese marco no es el que la mayoría de la gente da por descontado.
Soy naturalista. Es decir, parto de la creencia de que no existe nada sobrenatural: ni alma, ni magia, ni energías esotéricas que escapen a las leyes físicas del universo. Todo lo que pasa, pasa porque el universo opera según ciertas reglas, y nada interrumpe esa cadena causal desde afuera.
De ahí se sigue, casi sin esfuerzo, una conclusión incómoda: el universo es determinista. Cada evento es consecuencia de los anteriores. No hay un punto de quiebre donde algo “decide” salirse del libreto.
Anticipo objeciones. Si estás bastante de acuerdo con lo que vengo diciendo, podés saltearte la sección que sigue.
El caso contra el libre albedrío
Las críticas que escucho más seguido
La primera: “¿Y la mecánica cuántica? ¿No introduce indeterminación?”. Sí, pero no del tipo que rescata al libre albedrío. La cuántica habla de distribuciones de probabilidades, lo que es otra forma de decir azar. Y el azar no es libertad. Sapolsky desarrolla bien este punto en Determined: a escala macroscópica los efectos cuánticos se cancelan, porque hay tantos eventos indeterminados sucediendo a la vez que sus aleatoriedades se compensan estadísticamente. Para que una neurona se viera afectada por indeterminación cuántica, mucho menos un cerebro entero, harían falta coincidencias estadísticamente absurdas.
La segunda: “Si todo es determinista, ¿por qué no podemos predecir las cosas?”. Por dos razones. Primero, porque simular el universo requeriría, literalmente, otro universo. La información necesaria para predecir el siguiente estado es la información del estado actual completo. No hay shortcut. Segundo, por la teoría del caos: pequeñas diferencias en las condiciones iniciales generan desvíos enormes con el tiempo. El sistema es determinista, pero no es predecible. Son cosas distintas.
Hay una tercera idea que vale la pena traer, no como objeción al determinismo sino como profundización. Es lo que Stephen Wolfram llama irreducibilidad computacional. La idea es esta: incluso si tuviéramos toda la capacidad de cómputo del universo, no habría manera de saber qué pasa en el segundo N+1 sin haber calculado los segundos 1, 2, 3... hasta N. No hay fórmula analítica que nos permita saltar hacia adelante. La única manera de saber qué pasa después es ejecutar el cálculo, paso a paso.
Esto tiene una consecuencia lindísima: el tiempo deja de ser un misterio. El tiempo es ese cálculo paso a paso. No hay un tiempo “platónico” flotando aparte, hay un universo iterando. Cada momento es la ejecución del siguiente paso del cómputo, y por eso el siguiente momento solo existe cuando se calcula. La flecha del tiempo, entonces, no es algo que el universo tiene, es algo que el universo hace.
Para nuestro tema, esto cierra la última puerta de escape. Aún si fuéramos capaces de simularnos a nosotros mismos en un cerebro lo suficientemente potente, seguiríamos teniendo que correr el cálculo, lo que significa que seríamos exactamente quienes somos, haciendo exactamente lo que hacemos. No hay manera de “ver desde afuera” lo que vamos a hacer porque ese ver desde afuera requeriría hacer lo que vamos a hacer. La libertad por anticipación tampoco está disponible.
Entonces lo que queda es esto: un universo que sigue su curso sin agentes libres, sin decisiones genuinas, sin un “yo” que rompa la cadena causal. Lo que vos hagas mañana, lo que yo escriba ahora, está determinado. No por un dios ni por un destino místico, sino por la simple consecuencia de cómo se acomodaron las partículas hasta este momento.
Esto puede sonar deprimente. Pero la pregunta interesante no es si es deprimente o no. La pregunta es: si esto es así, ¿qué sentido tiene esforzarse en algo? ¿Qué sentido tiene comprender, mejorar, practicar?
Y acá entra lo que quiero contar.
Una nota sobre la palabra “sistema”
Antes de avanzar, una aclaración. Voy a usar la palabra “sistema” varias veces, y conviene precisar a qué me refiero, porque en el marco naturalista que vengo planteando tiene un peso particular.
Como seres biológicos, somos sistemas complejos de partes interdependientes: células, tejidos, órganos, redes neuronales, procesos químicos, bucles de retroalimentación. Eso no es una metáfora, es una descripción literal. Y el no dualismo implícito en el naturalismo —si no hay nada sobrenatural, no hay alma separada del cuerpo— lleva a una conclusión que cuesta digerir: no es que tengamos un cuerpo, somos un cuerpo. No es que poseamos un sistema, somos ese sistema.
No hay un “yo” parado afuera del cuerpo, observándolo, manejándolo como si fuera un auto. La sensación de que hay un conductor adentro es una de las ilusiones más persistentes que produce el mismo sistema, pero no por eso es real.
Cuando escriba “el sistema procesó algo”, “el sistema soltó”, “el sistema comprendió”, no me refiero a una abstracción técnica. Me refiero a vos, a mí, al organismo entero haciendo lo que hace. La palabra es fría, pero la realidad que apunta es la misma de siempre: nosotros mismos, sin la mitología del agente interno.
El insight en meditación
Hace unos días, en medio de una sesión de meditación particularmente clara, vi algo que me dejó pensando varios días después: los pensamientos no son eventos especiales. No tienen mayor jerarquía que un sonido del ambiente, una sensación en el cuerpo, el latido del corazón. Son simplemente más cosas que ocurren.
Suena obvio escrito así. Pero vivirlo —no entenderlo intelectualmente, sino verlo desde adentro— es otra cosa.
Y enseguida, casi como reflejo, vino la pregunta filosófica: si todo esto es proceso causal, si no hay un “yo” que decida nada, ¿qué función tiene “comprender” algo? ¿Para qué esforzarme en meditar, en pensar, en mejorar? Si todo está determinado, ¿no es absurdo el esfuerzo?
Es una de esas preguntas que parecen disolver el suelo bajo los pies.
La trampa del fatalismo
El argumento es seductor en su simplicidad: si no hay agente libre, entonces no tiene sentido hacer nada. Total, lo que sea que haga estaba determinado a hacerlo. Mejor bajar los brazos.
Pero hay un error oculto ahí.
“Bajar los brazos” no es escapar al determinismo. Es otra forma de expresarlo. El que se rinde frente a la idea de que todo está determinado no está más libre que el que sigue luchando. Simplemente está expresando una configuración distinta del mismo sistema.
No hay salida del determinismo por la vía de rendirse a él. Eso sería como intentar escapar de la gravedad saltando.
Entonces la pregunta “¿qué hago con esto?” se vuelve, en realidad, vacía. No hay nada que “hacer con” la realidad de que las cosas son como son. Solo están las cosas siendo como son.
Comprender sin agente
Hay otra trampa más sutil, y es la que me costó más ver.
Cuando alguien dice “yo entendí algo”, está implícita la idea de un yo que toma esa comprensión y la usa. Pero si llevamos en serio la postura de que no hay agente libre, esa frase es problemática. La reformulación más precisa sería: el sistema procesó información nueva y eso modificó cómo opera.
Suena frío, pero es más exacto. Un termostato no “decide” enfriar la sala. Pero la información de temperatura cambia su output. Y el resultado es real, medible, útil. La comprensión funciona similar: es información que reconfigura el sistema, sin necesidad de un “yo” que la administre.
Esto resuelve, de paso, una paradoja conocida en la tradición meditativa: el esfuerzo deliberado de no esforzarse es todavía esfuerzo. La instrucción “soltá” puesta en práctica con intensidad, no es soltar. Es agarrarse de la idea de soltar.
¿Cómo se sale de ese loop? Tradicionalmente, con frases místicas: hay que soltar incluso el soltar. Pero desde el marco que vengo planteando, se puede decir de manera más concreta: la instrucción “no te esfuerces” no es para un agente que la ejecute, es información que, al ser procesada, modifica los patrones que generan el esfuerzo.
No hay nadie soltando. Hay soltarse ocurriendo.
Las dos caras de la moneda
Acá está la parte que me parece importante. Cuando llevás esto al límite, ves algo curioso.
El que dice “no hay libre albedrío, entonces bajo los brazos” y el que dice “no hay libre albedrío, pero igual sigo esforzándome porque esa es mi naturaleza” están haciendo lo mismo. Son dos expresiones de un sistema desplegándose.
Ninguno escapa al determinismo. Ambos lo encarnan.
El “fatalista” no es más libre que el “esforzado”. Y el “esforzado” no es más libre que el “fatalista”. Son configuraciones distintas del mismo proceso.
Esto no es una conclusión deprimente. Es liberadora, si se la deja madurar.
Porque lo que muestra es que la pregunta “¿debo esforzarme o no?” está mal planteada. No hay un “debo”. Hay lo que vas a hacer, que es lo que tu naturaleza —tu sistema, tu configuración, tu historia— está haciendo y va a hacer. Vivir, en este marco, no es un acto de voluntad. Es exploración de la propia naturaleza desplegándose.
Por qué esto importa a la hora de hacer cosas
Alguien podría objetar: bueno, lindo todo esto, pero entonces ¿qué hago mañana lunes? ¿Cómo lidero mi startup, cómo tomo decisiones, cómo opero?
Igual que siempre.
La verdad de fondo —que no hay agente libre— no cambia las decisiones que vas a tomar. Cambia tu relación con ellas. Y esa relación, paradójicamente, suele ser más sana cuando se libera del peso de creer que todo depende de un “yo” que tiene que sostenerlo todo.
Los que emprendemos cargamos con narrativas pesadas: “yo soy el que tiene que decidir”, “yo soy el responsable”, “yo tengo que tener la visión”. Son narrativas útiles hasta cierto punto, pero también fuente de un agotamiento particular: esa fatiga existencial que viene de creer que cada microdecisión depende exclusivamente de la voluntad.
Cuando se afloja esa creencia —no como pose intelectual sino como reconocimiento real— las decisiones siguen ocurriendo, el liderazgo sigue ejerciéndose, las cosas siguen pasando. Pero hay menos fricción interna alrededor de todo eso.
La práctica sin hacedor
Hay una conexión que me sigue sorprendiendo entre todo esto y la práctica meditativa.
En la tradición contemplativa, los estados profundos de concentración tienen una característica conocida: no se logran mientras hay alguien tratando de lograrlos. Mientras hay un meditador esforzándose por meditar, no pasa nada interesante. Lo que sea que pase, pasa cuando el sistema deja de sostener la ficción de que alguien lo está controlando.
La filosofía y la meditación, acá, convergen. Una llega al mismo punto desde el análisis. La otra, desde la experiencia directa. Ambas señalan el mismo lugar: no hay quien haga. Hay hacer ocurriendo.
¿Y entonces qué? Entonces nada. Y todo. La vida sigue. Las startups siguen. Las decisiones siguen. Las prácticas siguen. La diferencia es que, una vez que ves esto, el peso es distinto. No desaparece. Se redistribuye.
Y eso, en mi experiencia, ya es mucho.
For our international readers: this essay is also available in English at https://mrpink.vc/en/essays/the-practice-without-a-doer




